Los primeros quince años de mi vida sin ser diabético

Llegué a este mundo en la mañana del día 9 de Abril del año 1.931. Eran las doce del mediodía y según versiones de mis padres, un día muy soleado como si esto pudiera representar un presagio de bienestar y felicidad. Lliçá d’Amunt era un pueblecito de unos 800 habitantes; este es el pueblo donde nací, crecí, me formé en todos los aspectos físicos e intelectuales, que comporta una vida en creciente desarrollo como persona, y después, por ley de vida, van transcurriendo los años hasta que llega un día que te das cuenta de que te estás haciendo viejo. Por tanto, esta basante, será el comienzo de mi historia, iniciando un breve pero explícito resumen de las raices que pudieron o no provocar las posteriores consecuencias por las cuales desemboqué en el desarrollo de una DULCINEA a los quince años de edad. Fuí hijo único.

Cinco días después de nacer yo, se constituyó la segunda república. Comenzaron las discrepancias políticas que arrastraban a las gentes a decidirse por un partido político o de otro de signo distinto. Mi infancia, hasta donde yo recuerdo, fué un estado de completa felicidad. Tus padres te cuidan, se preocupan por tí y estás y vives completamente arropado, sin que nada te falte. Sin embargo, algo falló en todo aquel cúmulo de bienvivir. Las discrepancias políticas fueron en aumento, hasta llegar a un 18 de julio de 1936 que estalló la "GUERRA CIVIL". Tenía en aquél tiempo cinco años, recién cumplidos y quizás no me diera mucha cuenta de lo que representaba una conflagración de este tipo. Podemos decir que lucharon hermanos contra hermanos. Franco hizo un alzamiento a lo grande. Tuvo una valiosa ayuda de los alemanes y en parte de los italianos. Llegó, luchó, venció y arrasó "y ahogó todas las libertades".

Una vez terminada la guerra, en abril de 1939, fué instaurada una dictadura muy dura, cerrada, inflexible, con represiones, sobretodo en Catalunya, donde el catalán estaba proscrito. Fueron habilitados campos de concentración, checas, cárceles y todo lo consecuente al final de una conflagración interna. Sabemos ya de otros paises con los mismos resultados, con las consabidas represalias de los que ganaron hacia los que perdieron. Una lucha fratricida, esto es lo que fué.Mi padre estuvo en uno de estos campos de concentración, por un período de dos meses aproximadamente. Recuerdo que de niño me sentaba al lado de la estufa que tenía instalada en la barbería (él era barbero de profesión) y allí al calor de la misma, escuchaba todos los relatos, tanto de mi padre como del resto de los clientes o amigos que se acercaban por la noche a pasar un rato y que también les había tocado luchar en este desastroso enfrentamiento que nunca debió haberse producido. Me quedaba embobado con estas historias.

Yo iba al colegio del pueblo, como el resto de los niños de varias edades, ya que con la guerra se habían perdido algún curso y todos pasábamos por el repaso de los estudios que nos faltaban, según la edad. A los 9 años hice la primera comunión, que fué donde según mis recuerdos se empieza a manifestar mi idiosincrasia, mi forma de ser, sentir y reaccionar. Creo, sin pretender ser presuntuoso, que era bastante inteligente. Tenía un padre maravilloso, se preocupaba hasta donde llegaban sus conocimientos para darme una educación al máximo, hasta donde podíamos alcanzar en aquél tiempo de falta de medios económicos. Ya sabemos como se vive al término de una guerra. Mucha crisis, bastante hambre y poco trabajo y poco dinero para comprar. Pues bien, voy a dar una detallada explicación de como recuerdo mi personalidad. Un ejemplo: los cursos de catequesis para poder hacer la primera comunión los hacía un cura llamado Mosen Ramón. En aquel tiempo se tenía la costumbre de poner en fila a los niños, de forma que siempre la encabezaba el que mejor contestaba la doctrina o catecismo. Por lo general, casi siempre yo era de los primeros de la clase. Sin embargo el día vigilia de celebrar la primera comunión por una pregunta que hizo el cura, tardé un poco en contestarla y la preguntó al siguiente niño, éste la contestó y me pasó delante. Todo esto dicho así, parece no importar, pero para mí representó que el día de la celebración no podría ir delante, lo cual me produjo un desasosiego, un disgusto tan tremendo que me pasé toda la noche llorando. Mis padres me consolaban diciendo que esto no era lo importante, pero yo no lo veía así. Era mucho más, era el orgullo de ser el primero, que se había derrumbado toda mi ilusión. Explico todo esto, por que aquí es donde me doy cuenta que había en mi una personalidad que no aceptaba un fracaso, que mi ego era muy acentuado y que sufría mucho con ello. Sí que era un luchador en los estudios pero quería conseguir mi recompensa y si fallaba aunque fuese por la mínima ya no estaba satisfecho.

No quiero hacerme pesado con historias personales que no vienen al caso con el problema que nos ocupa sobre la diabetes, pero insisto, todo ello forma parte de un proceso natural de como se desarrolló mi personalidad. Supongo que los psicólogos estarían de acuerdo con ello.

Cuando cumplí los once años mi padre decidió que fuera a estudiar a los padres escolapios de Granollers, ya que le parecía que en el pueblo no adelantaba lo suficiente. En realidad era la edad donde un chico aprovecha más los estudios y todo cuanto se le enseña lo retiene muy fácilmente. Por tanto pasé a formar parte de un colectivo de alumnos que ya llevaban algunos cursos en el colegio. Empecé en primero de comercio, en aquél tiempo nuestra economía no daba para más. Otros con más posiblidades estudiaban bachiller, pero la mayoría eran como yo. Mi padre era barbero y mi madre trabajaba en una fábrica textil del propio pueblo.

Fueron tres cursos muy felices, según mis recuerdos. Yo era muy estudioso. Me comportaba como un alumno disciplinado y sabía aprovechar las lecciones que recibíamos de los profesores o padres escolapios. Recuerdo que pensaba que si mi padre hacía tantos esfuerzos para pagar las 33’-ptas. mensuales que valía el colegio, bien merecía que yo aprovechara al máximo.

A fuer de hacerme pesado desearía hacer un inciso aquí en este punto, pues me gusta recordarlo e incluso relatarlo si alguien está dispuesto a escuchar. Tenía mucha afición a las matemáticas, a las clases de francés y de inglés, taquigrafía y otras asignaturas. Había la costumbre de hacer sección alrededor del aula, de forma que el profesor iba haciendo preguntas sobre el tema, en este caso francés o inglés.Como que la clase era diaria nos íbamos pasando unos a otros, pero (modestia aparte) el jueves o viernes de cada semana yo ya iba delante de los cuarenta alumnos que componíamos las clase. Esporádicamente quedaba segundo pero la mayor parte de las veces, quedaba primero. Explico esto, no para que se me reconozca mi valía, si no por que se daba la circunstancia de que al tener mi padre la barbería, el sábado yo no podía acudir al colegio pues tenía que ayudarle y por tanto me perdía la clase. Consecuencia de ello, el lector ya debe suponerlo, el lunes cuando iba al colegio, me correspondía ponerme al último de la fila, toda vez que el sábado había faltado a clase. Esto se producía cada semana. En aquél tiempo no me gustaba esta situación, pero ahora al recordarlo, me llena de satisfacción, pues ¿que pasaba? Cuando el profesor iba preguntando al primero y segundo y tercero hasta llegar a los diez primeros, estos contestaban sobre el tema, pero a partir del once y hasta el veinte ya les costaba más. Resultado, que a partir del veintiuno, ya no contestaban y entonces yo, que me había correspondido ir a la cola, ya levantaba la mano pues me sabía de sobras la pregunta, ello suponía que de golpe pasaba delante de veinte alumnos. Era una satisfacción para mi ego.

Recuerdo una anécdota muy curiosa. En clase de inglés un sábado que el día anterior había sido fiesta, mi padre me dijo: este sábado puedes ir al colegio pues como ayer fué fiesta ya no te necesito para ayudarme en la barbería. Fuí y me situé donde me correspondía o sea en primera posición de la clase. El lunes por la mañana, cuando nos incorporamos cada uno en su sitio, los compañeros de clase empezaron de protestar diciendo: Cladellas debe ir a la cola como cada lunes. Yo decía que no por haber acudido el sábado anterior. El padre escolapio tomó parte en el asunto, se miró la libreta de asistencia y dijo, es verdad, debe ir a la cola. No recuerdo haber tenido un enfado tan fuerte, lloraba de rabia y cuando me tocó leer desde mi última posición, me negué a ello. No dije ni palabra.

Al mediodía, los que vivíamos fuera de la población de Granollers, nos traíamos una fiambrera para quedarnos a comer allí. La calentaban con una estufa del colegio(recuérdese que he dicho al principio que era un tiempo de crisis), judías secas y un trocito de tocino que todo era grasa, algo de pan, muy poco porque era muy caro y a jugar. Esto era todo, no había más y a conformarse.

Como decía, al mediodía después de comer, me llamó el padre escolapio y me dijo "mira Cladellas, he comprobado la lista de asistencia y me he dado cuenta de que sí que habías asistido a clase el pasado sábado, pero como te has portado tan mal al negarte a leer, pues te quedarás en la cola. Yo contesté: muy bien, encima de tener razón aún me castigan. Esto pasa en todos los campos de fútbol. Un jugador hace una mala jugada ,el otro reclama al árbitro y este le enseña tarjeta por protestar.

Ya sé, este relato es vanal, pero me gusta comentarlo, pues para mí es un recuerdo dentro de los muchos que tengo de cuando estuve en el colegio, que como digo más arriba, fueron años maravillosos, con nuestro fútbol y otros deportes que practicábamos.

Llega el último curso, cuando yo tenía catorce años, pronto a cumplir los quince (debo decir que en estos cursos tuve siempre sobresaliente y en uno de ellos matrícula de honor) y mi padre empezó a pensar en que cuando terminara pudiera colocarme en algún banco o caja de ahorros. Buscó por muchos sitios si encontraba alguna persona que pudiera ejercer alguna influencia o gestión para colocarme, pero en aquel entonces, ya empezaban a hacer oposiciones y exámenes. Sin embargo, después de mucho buscar encontró un medio para poder colocarme en el INSTITUTO NACIONAL DE PREVISION, por decirlo de alguna forma, lo que actualmente se denomina la SEGURIDAD SOCIAL. Trabajé allí durante 35 años.

Aquí empieza mi nueva vida. Mi vida da un vuelco tremendo. Aún joven para el trabajo, pues faltaban pocos días para cumplir quince años. Con todo, a mí me hacía ilusión e ingresé el 11 de marzo de 1945 en las oficinas de la Agencia del I.N.P. de Granollers. Se trabajaba de 8 a 3 de lunes a sábado. Al principio todo fué bien, pero al cabo de unos meses, me pusieron bajo las instrucciones de un empleado que casi debo decir que psicológicamente me torturaba. Como es lógico, un joven de quince años ( digamos un adolescente), sin experiencia en temas de oficina, que sale del colegio sin saber que es ser administrativo.Al principio me equivocaba algunas veces. Pues bien, me repetía contínuamente que me iban de despedir, pues no servía para aquello, hasta llegar a tal punto que para mi se convirtió en una obsesión. ¡Quien iba a decirme que al cabo de muchos años llegaría a ser el jefe de la oficina!. Yo no estaba curtido aún para mandar a la porra a individuos como este, no dormía, estaba triste, lloraba. Me quejaba a mi padre. El me animaba, pero la cosa continuaba. Tengo que decir que un joven (al menos en aquel tiempo) ha esta edad aún no está formado, por tanto ocurrió lo que podríamos decir que marcó toda mi vida. Había ingresado en marzo y en diciembre me detectaron la DULCINEA. Fué un 21 de diciembre, o sea como si me hubiera tocado la lotería de Navidad pero en negativo.

SÍNTOMAS. Los que todos ya sabemos: Orinar a raudales, adelgazar, mucha sed y enormes ganas de comer. En términos médicos : Polidipsia, poliuria y polifaxia. Ya he dejado de hacer especulaciones sobre cuales pudieron haber sido las causas reales que alteraron mi páncreas. Sin embargo ahora que estoy en ello me pregunto: ¿Será por lo que yo era de obsesivo?
¿Será por que me preocupaba tanto por las cosas?
¿Será por culpa del empleado que psicológicamente me torturaba?
¿Podría ser por que cuando era jovencito era muy goloso, me gustaban mucho los dulces, tanto que hasta me asomaba al armario donde había un recipiente con azúcar y con la propia mano cogía un puñado y me lo comía a escondidas?
¿O estarán en lo cierto los investigadores que dicen es una infección, cuyos anticuerpos atacan a las células beta y alfa?. Si es así, yo siempre he tenido la convicción de que para que te atrape cualquier virus, debes tener el cuerpo en una predisposición debilitada, que les sea fácil entrar en tu organismo. Por lo cual quiero pensar que la tercera pregunta que me hago es la buena. Aquél tiempo de aprendizaje en la oficina, con mis miedos y preocupaciones y con la tortura psicológica de aquel empleado en el trabajo, provocaron mi "DULCINEA". No lo sé. Ha pasado mucho tiempo y ya no quiero pensar en ello.¿Por qué pensar en ello si ya no tiene remedio?. Cuando una cosa ya está consumada lo mejor que puedes hacer es buscar soluciones, cuantas más mejor. Y si no, aceptar la situación y luchar, porque si te arrugas es peor.

Estaba triste porque no tenía zapatos, hasta que salí a la calle y ví a un hombre que no tenía pies. Harold Abbot

Si se tiene agua para beber y algo para comer en la medida suficiente, no hay motivo alguno para quejarse. Eddie Rickenbacker.
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